Es domingo, estás en "ese día", ese día en el que no querés más nada de la vida; querés dormir, mirar una peli que sea triste, comer cosas que te hinchan y te llevan de vuelta a la cama, estar en pijama. Querés, muy en el fondo, desaparecer. Y te suena el teléfono, parece que alguien te quiere rescatar y -claro- no va a ser un muerto del placard que se dio cuenta que te ama. Va a ser una amiga que, como vos, quiere desaparecer pero al menos tiene una idea distinta para evacuar los malos pensamientos: ir al cine.
Todos vamos al cine los domingos.
Con novio, sin novio; con amigas, con familia. Por alguna razón la gente elige ese día para desaparecer en alguna que otra historia ajena y estridente. Lo más notable es que - a pesar del ostentoso valor de la entrada... unos 30 pesos- lo siguen haciendo. Nada importante, detalles, color, cosas que me indignan.
Te levantás, te sacás el pijama, la cara no la arreglás porque la cara de domingo, no se arregla. Te vas hacia el cine a encontrarte con tu amiga. Sacás la entrada, manifestás la problemática de comer pochoclo o no, desembolsás más plata, total... ya estás entregada a la rueda de la fortuna. Entrás con esa cara y esos pochoclos y esa amiga a la sala. Previo paso por la mayor cantidad de parejas que tuviste el placer de ver en toda la semana (vale aclarar que cuando uno no tiene pareja el domingo es un poco más complicado).
Lo que sigue es un pasaje divino a la sala en plena oscuridad. Te sentás -por suerte tus entradas son numeradas- y te encontrás con que al lado tuyo hay una hermosa y fantástica pareja dominguera. Y, ¿sabés qué? Te querés MATAR.
Matar porque el mambo de la pareja en el cine es que no respeta los códigos. Vos, gila, que te sentaste al lado mío en el cine, ¿nunca estuviste en la situación inversa? Y ponele que no, que nunca estuviste sola; o que nunca fuiste al cine después de una tarde gris, un domingo, sola (porque siempre estuviste en pareja)... Ponele que seas la “Roberto Carlos” del amor... ¿No te da un toque de vergüenza esbozar tu amor a base de besos públicos, pero no públicos por el lugar sino porque son besos que te integran? A ver, para entendernos: el ruido en el cine te integra. Que tu inserción lingüística termine con un chuik cada 2 minutos en una sala oscura que trata de ser silenciosa (no nos olvidemos del clásico pochocleo que lleva un capítulo aparte) integra al resto de los que tienen la mala suerte de escuchar la manifestación sonora del amor.
Recapitulemos. Te sentás. Ves la pareja, sabés que no va a ser fácil porque ya la presencia te indigna pero te la fumás. Buscás pochoclos y colaborás con la orquesta de la sala. Empieza la película, que tampoco es tan graciosa -supongamos que es Un cuento chino de Darín-. A los dos minutos arranca el chuikeo, estás saliendo de tu infierno y metiéndote en uno ajeno, o sea, desapareciendo y los dos pelotudos de al lado no te dejan concentrar. No paran de besarse con ruido. Ruido de beso a un bebé, ruido de cuando sos chiquito y querés molestar a alguien, ruido de irrespetuoso por el séptimo arte. Ruido que se sucede cada 5 minutos, porque él (que claramente tiene cara de boludo) tiene en su mano la mano de ella (que es otra boluda) y le va dando besitos -con ruido- cada vez que se le ocurre. Vos girás la cabeza para conocer el rostro de estas personas y ves que están sentados de tal manera que comparten los cachetes mientras él le da besitos en la mano (con ruido). Ponele que pasaron 40 minutos y el ruidometro marca 40 besitos. Así, toda la película, toda la película.
Termina, se miran, se besan con beso ruido largo. Y acá va mi planteo.
Ponele que sos chico y sólo podes chapar en el cine. Andá a la última fila y un martes (nunca un domingo). Ponele que estás super enamorado y te encanta chapar con ruido, andá a un telo. Ponele que no aguantás estar al lado de esa persona y no darle un beso (con ruido), ingéniatelas para hacerlo en silencio.
Para ser claros:
El aire es público y tu intimidad debería ser privada.
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